martes, 10 de noviembre de 2015

El Aleph (análisis)  
El narrador empieza por contar la muerte de Beatriz Viterbo y el profundo dolor que dejó en él y su familia. Cada año acudía a la casa de la extinta mujer para convivir con una agradable familia que bien lo recibía. Entre ellos, el primo de Beatriz, Carlos Argentino Daneri, quien comparte sus inquietudes literarias con el narrador. Pasado el tiempo, el narrador sospecha que Daneri pretende que él escriba el prólogo de su obra. Para ello tiene que acabar su poema en casa, junto a El Aleph. La primera definición que el narrador nos ofrece es: “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”. Daneri advierte que El Aleph es solamente suyo y que lo descubrió en su niñez. El narrador lo considera un loco y se muestra interesado en conocer a El Aleph. Daneri accede y lo lleva a su casa. Y ahí, mientras observaba uno de los tantos retratos de Beatriz, Borges le habla a su extinta amada. Daneri dicta unas precisas instrucciones para que Borges vea a El Aleph y éste, un tanto escéptico, las acata. Finalmente, Borges se encuentra con una esfera de dos o tres centímetros de diámetro donde todas las cosas suceden: Borges ha encontrado a El Aleph. Todo sucede al instante, todo el universo se refleja en El Aleph y El Aleph en todo el universo. 
Seis meses después, la casa que ocultaba a El Aleph fue destruida. Danineri publico sus poemas y obtuvo incluso un premio nacional. 
En Buenos Aires, el 24 de agosto de 1899, nace Jorge Luis Borges. Su obra comprende poesía, ensayos, cuentos y novelas policíacas. Su irrefrenable pasión por leer, lo llevó a un encierro mítico donde se confunde la realidad con la ficción y que influyo notablemente en toda su obra. Fue cesado de su puesto como director de la Biblioteca Nacional por Juan Domingo Perón. Su progresiva ceguera no le quitó su hambre de lectura. Todos sus textos abundan en citas y datos históricos. Sin embargo, Borges sabe que el mundo literario se alimenta del real y viceversa. Los dos mundos se tocan y es cuando la prosa de Borges adquiere significado. Su erudición es capaz de cuestionar la más abstracta de las definiciones. Para Borges, el tiempo es intemporal, la identidad sólo es conocida a medias y los enigmas están hechos para descifrase. Sus cuentos, breves pero saturados de información, requieren de varias lecturas pues, también son laberintos en busca de su salida. Su ambigüedad desconcierta pero fascina. 
Realmente Borges, no es fácil de leer, posee demasiado potencial, demasiado saber, demasiadas intenciones y metáforas que después de todo alguien no instruido se confine y no sabe realmente que quiere decir.
El cuento puede ser entendido como una metáfora (¡sí, una más!) acerca de las posibilidades que el hombre tiene de construir o llegar a alcanzar una concepción metafísica, es decir, un sistema que de cuenta de todo lo que es, ni más ni menos que del Universo entero. Para ello, Borges nos proporciona en ese "punto del espacio que contiene todos los puntos" la visión que tendría una persona de toda la realidad. Como señala el autor, dicha experiencia lo que produciría en nosotros no sería una mirada omniabarcadora y comprensiva del todo sino una fragmentación infinita de elementos que no llegaríamos a procesar o a comprender de forma acabada. El resultado sería una fragmentación analítica, del mismo modo que el poema de Carlos Argentino que pretendía nombrar todas las cosas (dada la visión perturbadora que le produjo el Aleph) pero que en definitiva resultaba ser un mero listado de acontecimientos inconexos. 
Teniendo en cuenta estos elementos, el Aleph nos da la pauta para comprender que pretender una representación absoluta del Universo es algo imposible para el hombre. 
En primer lugar, tenemos el inconveniente del lenguaje que como Borges explica, no puede representar mediante palabras sucesivas algo que es absolutamente simultáneo. "Es aventurero pensar que una coordinación de palabras (otra cosa no son las filosofías) puede parecerse mucho al universo" (Borges) 
En segundo lugar, en "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", nos dice que la metafísica es un apartado de la literatura fantástica y también considera que un sistema no es más que la exaltación de uno de los elementos del universo, dejando opacado al resto. Lo que podríamos entender es que el Universo como tal no lo podemos representar, ni siquiera es accesible para el hombre sino que toda mirada del ser supone al hombre como un ser situado, que deja de lado ciertos elementos para engrandecer otros, lo que lo aleja definitivamente de la pretendida "objetividad". Siempre vemos y hablamos desde un lugar, unos "prismas" desde los cuales tenemos que acercarnos a la realidad para hacerla inteligible.
De esta manera el cuento ilustra que la pretensión de totalidad es imposible. No podemos entender ni expresar el universo, por eso, la filosofía que se pretende absoluta es imposible ; siempre vemos y pensamos a partir de una construcción que a su vez, está constituida por "olvidos". Sin embargo, la actitud no es quedar paralizado por esa imposibilidad sino como señala al final del cuento "... Sin embargo, algo recogeré", es decir, que la situación no es de desesperanza, por el contrario es una tarea constructiva necesaria para llevar a cabo.
La solución y la posibilidad de la felicidad en el cuento la trae el olvido. Un sistema y una mente sólo pueden soportar esa infinidad de elementos que fluyen sin un pretendido orden a partir de la construcción de cierta estructura impuesta por nosotros ; en última instancia dependemos de esa necesaria "ficción metafísica". Instalamos falsas totalidades, pero al reconocer este hecho como algo indispensable para nuestra vida ya deja de ser visto como algo negativo y pasamos a considerarlo constituyente de nosotros mismos. 
Publicado ya en su madurez, El libro de arena es uno de los volúmenes que reúne relatos de Jorge Luis Borges. A diferencia de sus críticos –que se inclinan por Ficciones- Borges consideraba a El libro de arena como su mejor libro. Consta de trece relatos y un epílogo, como suele incluir Borges para dar una brevísima explicación o justificación de sus propios textos.
Los relatos de El libro de arena reflejan la temática habitual de Borges: las paradojas temporales, las reflexiones sobre el infinito, la vuelta sobre las temáticas de la gauchesca argentina, el homenaje a quienes considera grandes autores de la literatura de todos los tiempos (Kafka, Chesterton, Stevenson), los objetos imposibles y una visión particular de ciertos hechos históricos.
Para referirse a algunos relatos, “El otro” (protagonizado por el propio Borges) narra el encuentro de un anciano con quien él mismo ha sido de joven. “Ulrica” es una curiosidad del volumen, pues se trata de un relato de amor de Borges, toda una rareza que de todas maneras no escapa al estilo intelectual del escritor. “There are more things” es un homenaje (lamentable, según el propio Borges) a los relatos de terror de Lovecraft. “El disco” juega con la paradoja de un objeto imposible (un disco que sólo tiene una cara) y sus consecuencias para los protagonistas. “El espejo y la máscara” se refiere a la búsqueda de un texto que resuelva lo absoluto. “Avelino Arredondo” imagina la historia del asesinato de un presidente uruguayo del siglo XVIII. “El libro de arena” es una vuelta de tuerca sobre los postulados de “La biblioteca de Babel” (uno de los cuentos más famosos de Borges): aquí no te trata de infinitos libros, sino de un libro con infinitas páginas, el principio es el mismo.
Opinión personal: Más allá de la repetición de algunas temáticas, cada libro de Borges es único y tiene su encanto particular. El libro de arena no es la excepción.
Respuesta para Wara, aunque tu última participación en este tema tuvo lugar en abril del 2009 y no sé si aún estarás interesada en iniciar una conversación acerca de la arena. No he leído el cuento de Hoffman, pero lo buscaré para poder leerlo. Borges es uno de mis escritores favoritos, desde que descubrí en la biblioteca de mi tía Nines hace ya muchísimos años su libro Ficciones este escritor me ha acompañado siempre. Volví a leer "El libro de arena" hace poco. En el cuento "El libro de arena" se afirma que la arena no tiene principio ni fin. Sin embargo, ya Arquímedes en su obra titulada El Arenario o El contador de arena, contradice la noción, frecuente en su época, de que el número de granos de arena sea infinito o demasiado grande para ser evaluado. Esta noción se halla presente en la literatura griega, por ejemplo, Píndaro escribía ya en su Segundo Canto Olímpico: "Pero la arena escapa al cálculo: así, de las alegrías que este hombre ha dado a los demás, ¿quién podrá decir el número?" La idea también está presente en la Biblia, en el Antiguo Testamento, en la que hay varias referencias a la no numerabilidad de la arena, por ejemplo "Como no se puede contar el ejército del cielo, ni se puede medir la arena del mar, así multiplicaré la descendencia de mi siervo David y de los levitas que me sirven" Jeremías, 33:22. A pesar de la demostración de Arquímedes, esta idea de que la arena no tiene principio ni fin perdura en la literatura, supongo que debido a su belleza, aunque no sea cierta. En el Nuevo Testamento todavía se lee que la arena es infinita: "...tuvo una descendencia numerosa como las estrellas del cielo e incontable como las arenas de la orilla del mar." (Hebreos, 11:12). Obviamente, ignoraban los progresos de las ciencias: se estima fácilmente que el número de estrellas observables a simple vista es inferior a 10.000, dato ya conocido por los astrónomos de la época.
Arquímedes demostró que el número de granos de arena es finito, dando para ello un número mayor que el número de los que contendría un universo repleto de arena. Abordó la cuestión de los números muy grandes, pero finitos, de un modo magistral. 
Fuente: Investigación y ciencia. Temas 23. Ideas del infinito.
Por otra parte, este cuento está muy relacionado con "La biblioteca de Babel" (Ficciones), uno de sus mejores relatos:
"... No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total: ruego a los dioses ignorados que un hombre -¡uno solo, aunque se, hace miles de años!- lo haya examinado y leído."
"... en rigor, bastaría un solo volumen, de formato común, impreso en cuerpo nueve o en cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas. (Cavalieri, a principios del siglo XVII, dijo que todo cuerpo sólido es la superposición de un número infinito de planos.). El manejo de ese vademecum sedoso no sería cómodo: cada hoja aparente se desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés.



                                                                                       EL ALEPH
                                                                               JORGE LUIS BORGES


La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el 30 de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos, Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.
Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces no dejé pasar un 30 de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí gradualmente confidencias de Carlos Argentino Daneri.
Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada: había en su andar (si el oximoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz)grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. "Es el Príncipe de los poetas en Francia", repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas."
El 30 de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno 
- Lo evoco - dijo con una admiración algo inexplicable - en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...
Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora convergían sobre el moderno Mahoma.
Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero abría las compuertas a la imaginación; luego hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe.
Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera bre- ve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción.
He visto, como el griego, las urbes de los hombres,
Los trabajos, los días de varia luz, el hambre;
No corrijo los hechos, no falseo los nombres,
Pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre.
Estrofa a todas luces interesante - dictaminó -. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero - ¿barroquismo, decadentismo, culto depurado y fanático de la forma? - consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite ¡sin pedantismo!acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos e apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano...Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!
Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso; nada memorable había en ella; ni siquiera la juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otro. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, transmitir esa extravagancia al poema (1 ).
Una sola vez en mi vida he tenido la ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al Norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calla Once de Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa (2):
Sepan. A manderecha del poste rutinario,
(Viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)
Se aburre una osamenta - ¿Color? Blanquiceleste -
Que da al corral de ovejas catadura de osario.
- ¡Dos audacias - gritó con exultación - rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito! Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror, pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector, se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.
Hacia la medianoche me despedí.
Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri - los propietarios de mi casa, recordarás - inaugura en la esquina; confitería que te importará conocer". Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el "salón-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad:
- Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores.
Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, "que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censuró la prologomanía, "de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios". Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, "porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad". Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro.
Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz(ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.
A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizás coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente nada ocurrió - salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.
El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.
-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! - repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.
No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detectable del pasaje del tiempo; además se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.
El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri dio que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.
- Está en el sótano del comedor - explicó, aligerada su dicción por la angustia -. Es mío, es mío; yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.
-¡El Aleph! - repetí.
-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.
Traté de razonar.
-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?
-La verdad no penetra un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la Tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.
-Iré a verlo inmediatamente.
Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbos, por lo demás... Beatriz(yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.
En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:
- Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.
Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.
- Una copita del seudo coñac - ordenó - y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indis-pensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!
Ya en el comedor, agregó:
- Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.
Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio preciso.
- La almohada es humildosa - explicó - , pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.
Cumplí con su ridículo requisito; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.
Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
Sentí infinita veneración, infinita lástima.
-Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman - dijo una voz aborrecida y jovial - . Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!
Los pies de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:
-Formidable. Sí, formidable.
La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:
-¿La viste todo bien, en colores?
En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme y le repetí que el campo y la seguridad son dos grandes médicos.
En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me trabajó otra vez el olvido.
Postdata del 1º de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de "trozos argentinos". Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura (3). El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero al doctor Mario Bonfanti; increíblemente mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.
Dos observaciones quiero agregar: una sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al círculo de mi historia no parece casual. Para la Cábala esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes. Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los textos innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.
Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres - la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la Luna (Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlín, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19) - , y añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores(además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... la mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".
¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz

lunes, 9 de noviembre de 2015

El teatro griego


Introducción

El tema seleccionado para el siguiente trabajo es el teatro griego dentro del cual el subtema planteado será las características de la tragedia y la comedia, ambos géneros del texto dramático. Ya que la información existente en libros de historia, literatura e internet es de extensa cantidad, la selección de información apropiada es el único obstáculo por el cual atravesé para el desarrollo del mismo. El trabajo se dividirá en varios subtítulos y abordaré los siguientes temas: 1° “La tragedia y la comedua”, origen del teatro ; “Características generales de la tragedia y la comedia”, definiciones de ambos géneros y su estructura; “Selección de obras” explicación de la forma que se seleccionaban las obras para ser representadas; “Principales autores”, quiénes fueron los autores más importantes de la época, género al cual pertenecían y las características de sus obras; “Sentido moral”, significaciones e importancia de las obras para la cultura griega; “Los actores”, vestimentas de los actores según el género que representaban.


Desarrollo


La tragedia y la comedia

El teatro se ha utilizado como extensión de celebraciones religiosas, El teatro, como tantas otras cosas, es un invento griego. El teatro griego tuvo sus orígenes en el siglo vi. a.C. en las fiestas dionisíacas que se celebraban en honor a dios Dionisio.
Estas fiestas religiosas se efectuaban en la ciudad alrededor de la segunda semana de marzo y en las afueras, (las Dionisíacas de los Campos ) hacia septiembre. Duraban cinco días, el primero dedicado a la procesión, el 2º a la representación de cinco comedias y los tres últimos se dedicaban a una competición de tragedias. Cada día un escritor representaba tres tragedias previamente seleccionadas por altos funcionarios. 
Las obras eran seleccionadas por un jurado en concurso publico; los poetas debían presentar tres tragedias y un drama. El vencedor recibía como premio una corona de oro y laureles. 

Características generales de la tragedia y la comedia

La tragedia es una representación dramática capaz de conmover y causar pena, que tiene un desenlace funesto, es el género en el cual descollaron los escritores griegos 
La comedia es una composición teatral generalmente satírica que tiene un desenlace festivo y agradable 
El estudio de la cultura clásica griega encierra temáticas sobre el hombre y el mundo, que han estado presentes en el curso de la historia y que tienen una gran vigencia en la actualidad. 
Las obras del género trágico están compuestas de tres dramas (que constituyen una trilogía), más una sátira final (conformando, en conjunto, una tetralogía). 
Su estructura era la siguiente: daba comienzo la obra con el prólogo de un actor que precede a la entrada del coro cantando en solemne procesión.
Se pone en evidencia la estructura de diálogo de la tragedia en la alternancia de intervenciones entre el coro y los actores, y también entre los actores y el público, que en ocasiones es interpelado por ellos; también son importantes los prolongados silencios que se imponen en el escenario. Durante sus intervenciones, el coro entona los cantos cuya expresión y solemnidad son marcadamente religiosas, que se 
acompañan de una danza denominada emméleia; estas "entradas" del coro (que suelen ser de dos a cinco), se van alternando con los "episodios" que protagonizan los actores. 
El fin de la obra lo marca el éxodos o último canto que el coro ejecuta antes de salir del teatro, que suele incluir un comentario abstracto de la situación posterior al drama representado. 

Selección de las Obras

El jurado que seleccionaba la tragedia ganadora estaba formado por los diez Arcontes, representantes de las diez tribus del Ática, que son los que fijaban los plazos en que los poetas dramáticos podían presentar sus obras. De entre ellos, el arconte epónimo era el máximo responsable de todos los actos culturales realizados durante el año que duraba su mandato. Dicho arconte se encargaba de la pre-selección entre las obras candidatas a ser representadas y de ordenar la realización de catálogos oficiales del desarrollo del evento, así como de designar un mecenas para cada autor, a cuya cuenta corrían los gastos del vestuario y la puesta en escena de la obra. Esto era considerado un gran honor social, y los mecenas (ciudadanos notables) asistían a las representaciones en primera fila con gran fastuosidad, vestidos con túnicas blancas y tocados con coronas de oro. 

Principales Autores

Los tres grandes triunfadores del teatro de Dionisos o, al menos, los tres autores trágicos de los que conservamos obras completas, son Esquilo , Sófocles y Eurípides. 
Las obras trágicas eran compuestas por escrito, lo que permitía la corrección de las mismas, y presentadas previamente en concurso para su estreno durante las Grandes Dionisias, Esquilo: (525 a 456 a.C. )
es considerado el padre de la tragedia. Introdujo un segundo actor , con lo cual redujo la gran extensión de las partes corales. Facilitando el dialogo dramático. Sus argumentos se inspiran en la epopeyas y modestamente llama a sus trabajos “ migajas de la gran comida de Homero”. Es un poeta profundamente religioso y desde ese aspecto contempla la vida humana y el universo. Dotado de gran talento, es también un buen patriota que no olvida su participación en los combates de la Maratón y Salamina . De las 90 obras que escribió solo nos quedan siete tragedias: Los Persas, Prometeo encadenado, Las suplicantes , Los siete contra Tebas. Y la Orestíada, dividida en tres dramas: Agamenón, Las Coéforas y Las Euménides. 
Sófocles: (496 a 406 a.C. ) introdujo en la escena un tercer actor, relegó el coro a un segundo plano y perfeccionó la técnica dramática. Desempeñó importantes cargos públicos y fue muy estimado por los atenienses. Gran belleza poseen sus diálogos, en los que intercala algunas veces, pinceladas cómicas. 
Escribió 123 tragedias de las que conocemos siete: “Edipo Rey”,” Electra”, “Ayax”, “Antigona”, “Edipo en Colona”,” Las Traquinianas “y “ Filóctetes”.
Hizo mas movida la acción escénica. Algunas de sus tragedias se representan aun en a actualidad.
Eurípides: ( 480 a 406 a. C) Fue un poeta culto que mantuvo amistad con los filósofos. Anaxagoras y Sócrates. 
Profundamente realista, sus obras se caracterizan por los complicados enredos, creando verdaderos dramas de intriga. De las 88 obras que escribió nos llegaron dieciocho, las principales fueron: “Alcestes”,”Medea”,”Hécuba,” “Andrómaca e Ifigenia en Táuride.”, “ Las Bacantes”. 
En la Comedia:  Aristófanes: (446-388 a.C.)dotado de un extraordinario ingenio y sentido del humor, se dedicó exclusivamente a la comedia. En sus obras, llenas de sátiras audaces, trató todos los problemas mas notables de la vida pública de su tiempo. De las once comedias completas llegadas a nuestra época las mas famosas son ‘Las ranas” y “ Las nubes”. 

El sentido moral

Una característica que define la obra dramática, es que a través de ella siempre se presenta un conflicto humano, más o menos universal. 
Es decir, afecta a todos de una u otra forma. Por ejemplo: la guerra, el amor, el papel de la mujer en la sociedad, la injusticia, etcétera. 
En algunas obras dramáticas, dicho conflicto está representado por dos fuerzas que luchan entre sí, pero en otras, no hay dos polos opuestos tan claramente definidos. En la tragedia (s.V), el héroe deja de ser un "modelo a seguir", para convertirse en un "objeto de crítica", y la función de los mitos que la tragedia retoma y remodela consiste en ser la expresión de una "época pasada", con unos patrones políticos caducos y obsoletos, que se muestra como "ajena" en relación con las actuales. 


Los actores

La vestimenta variaba de acuerdo al personaje: así un rey vestía con hermosas túnicas rojas mientras que un protagonista desdichado y perseguido se lo reconocía por sus ropas oscuras. 
El traje principal era el quitón o “traje de representación” un ropaje largo hasta los pies, apretado por un cinturón a la altura del pecho. Se utilizaba además la clamide, una capa corta que se cerraba con una hebilla sobre la espalda y el himation, una capa larga, amplia y suelta, complementado con unos botines para los pies y también la máscara que representaba al personaje encarnado por el actor; los componentes del coro, unas doce personas, también llevaban máscaras. 
Las mascaras, tenían una especie de bocina en la boca, destinada a aumentar la intensidad de la voz. Se llamaban carátulas. Primero hubo dos tipos de carátulas: una para la tragedia y otra para la comedia. La primera tenía expresión de espanto, la segunda, alegre. Estas dos máscaras se utilizan hoy en día como símbolo del teatro.
Mas adelante hubo varios tipos de carátulas: el héroe trágico, el esclavo intrigante, el orgulloso, el malhumorado.
Los actores debían de conocer a la perfección el texto poético porque no había apuntadores. 
Eran todos varones lo que implicaba que los artistas tuvieran que interpretar roles femeninos, cosa que se llevaba a cabo recurriendo al cambio de traje, de atributos del personaje, de máscara con tez "morena" para los personajes masculinos, y "clara" para los femeninos y cambiando el tono de voz. 


Conclusión

El teatro griego fue una de las mayores manifestaciones culturales vigentes hasta nuestros días, así como vemos en cualquier teatro las tan conocidas máscaras, símbolos del teatro, que representan la tragedia y la comedia. El teatro se fue perfeccionando o cambiando en la estructura misma del texto y los componentes de la representación teatral, por ejemplo “el coro” personaje fundamental en el teatro griego es inexistente en la lectura de las obras teatrales contemporáneas, así también los actores que utilizaban máscaras y eran únicamente varones, en la actualidad son fundamentales la expresión de sus rostros en escena y las mujeres también. Podemos seguir enumerando varios cambios que a sufrido el teatro desde su nacimiento en Grecia, tema del actual trabajo, hasta la actualidad. Pero aún están  vigentes  los temas universales tratados en los textos dramáticos griegos, así como sus mitos. A través del teatro los autores pudieron expresar las conductas humanas con sus miserias y grandezas, reflexionamos entonces cuantos siglos pasaron y nos parecen contemporáneos aquellos personajes y temas de las obras dramáticas griegas

Cuentos

Cuento n°1
Esquina peligrosa 
Marco Denevi 

El señor Epidídimus, el magnate de las finanzas, uno de los hombres más ricos del mundo, sintió un día el vehemente deseo de visitar el barrio donde había vivido cuando era niño y trabajaba como dependiene de almacén. 
Le ordenó a su chofer que lo condujese hasta aquel barrio humilde y remoto. Pero el barrio estaba tan cambiado que el señor Epidídimus no lo reconoció. En lugar de calles de tierra había bulevares asfaltados, y las míseras casitas de antaño habían sido reemplazadas por torres de departamentos. 
Al doblar una esquina vio el almacén, el mismo viejo y sombró almacén donde él había trabajado como dependiente cuando tenía doce años.
-Deténgase aquí. -le dijo al chofer. Descendió del automóvil y entró en el almacén. Todo se conservaba igual que en la época de su infancia: las estanterías, la anticuada caja registradora, la balanza de pesas y, alrededor, el mudo asedio de la mercadería. 
El señor Epidídimus percibió el mismo olor de sesenta años atrás: un olor picante y agridulce a jabón amarillo, a aserrín húmedo, a vinagre, a aceitunas, a acaroína. El recuerdo de su niñez lo puso nostálgico. Se le humedecieron los ojos. Le pareció que retrocedía en el tiempo.
Desde la penumbra del fondo le llegó la voz ruda del patrón:
-¿Estas son horas de venir? Te quedaste dormido, como siempre.
El señor Epidídimus tomó la canasta de mimbre, fue llenándola con paquetes de azúcar, de yerba y de fideos, con frascos de mermelada y botellas de lavandina, y salió a hacer el reparto. 
La noche anterior había llovido y las calles de tierra estaban convertidas en un lodazal. 



Cuento n° 2
El retrato oval
Edgar Allan Poe

El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar a la fuerza en vez de permitirme, malhadadamente herido como estaba, de pasar una noche al ras, era uno de esos edificios mezcla de grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo levantaron sus altivas frentes en medio de los Apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de Mistress Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo y sumamente deteriorado. Los muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos trofeos heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número verdaderamente prodigioso de pinturas modernas, ricas de estilo, encerradas en sendos marcos dorados, de gusto arabesco. Me produjeron profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa, aquellos cuadros colgados no solamente en las paredes principales, sino también en una porción de rincones que la arquitectura caprichosa del castillo hacía inevitable; hice a Pedro cerrar los pesados postigos del salón, pues ya era hora avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al lado de mi cabecera, y abrir completamente las cortinas de negro terciopelo, guarnecidas de festones, que rodeaban el lecho. Quíselo así para poder, al menos, si no reconciliaba el sueño, distraerme alternativamente entre la contemplación de estas pinturas y la lectura de un pequeño volumen que había encontrado sobre la almohada, en que se criticaban y analizaban. Leí largo tiempo; contemplé las pinturas religiosas devotamente; las horas huyeron, rápidas y silenciosas, y llegó la media noche. La posición del candelabro me molestaba, y extendiendo la mano con dificultad para no turbar el sueño de mi criado, lo coloqué de modo que arrojase la luz de lleno sobre el libro.
Pero este movimiento produjo un efecto completamente inesperado. La luz de sus numerosas bujías dio de pleno en un nicho del salón que una de las columnas del lecho había hasta entonces cubierto con una sombra profunda. Vi envuelto en viva luz un cuadro que hasta entonces no advirtiera. Era el retrato de una joven ya formada, casi mujer. Lo contemplé rápidamente y cerré los ojos. ¿Por qué? No me lo expliqué al principio; pero, en tanto que mis ojos permanecieron cerrados, analicé rápidamente el motivo que me los hacía cerrar. Era un movimiento involuntario para ganar tiempo y recapacitar, para asegurarme de que mi vista no me había engañado, para calmar y preparar mi espíritu a una contemplación más fría y más serena. Al cabo de algunos momentos, miré de nuevo el lienzo fijamente.
No era posible dudar, aun cuando lo hubiese querido; porque el primer rayo de luz al caer sobre el lienzo, había desvanecido el estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos, haciéndome volver repentinamente a la realidad de la vida.
El cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven. se trataba sencillamente de un retrato de medio cuerpo, todo en este estilo que se llama, en lenguaje técnico, estilo de viñeta; había en él mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas favoritas. Los brazos, el seno y las puntas de sus radiantes cabellos, pendíanse en la sombra vaga, pero profunda, que servía de fondo a la imagen. El marco era oval, magníficamente dorado, y de un bello estilo morisco. Tal vez no fuese ni la ejecución de la obra, ni la excepcional belleza de su fisonomía lo que me impresionó tan repentina y profundamente. No podía creer que mi imaginación, al salir de su delirio, hubiese tomado la cabeza por la de una persona viva. Empero, los detalles del dibujo, el estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron dudar ni un solo instante. Abismado en estas reflexiones, permanecí una hora entera con los ojos fijos en el retrato. Aquella inexplicable expresión de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer, acabó por subyugarme. Lleno de terror y respeto, volví el candelabro a su primera posición, y habiendo así apartado de mi vista la causa de mi profunda agitación, me apoderé ansiosamente del volumen que contenía la historia y descripción de los cuadros. Busqué inmediatamente el número correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la extraña y singular historia siguiente:
"Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mal hora amó al pintor y se desposó con él. Él tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella, joven, de rarísima belleza, toda luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando más que el arte, que era su rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás instrumentos importunos que le arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la dama oír al pintor hablar del deseo de retratarla. Mas era humilde y sumisa, y sentóse pacientemente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo solamente por el cielo raso. El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de hora en hora, de día en día. Y era un hombre vehemente, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía que la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los encantos de su mujer, que se consumía para todos excepto para él. Ella, no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama, experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lienzo la imagen de la que tanto amaba, la cual de día en día tornábase más débil y desanimada. Y, en verdad, los que contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del genio del pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin, cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a nadie entrar en la torre; porque el pintor había llegado a enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas hubieron transcurrido, y no restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, sólo dar un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a extinguirse. Y entonces el pintor dio los toques, y durante un instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado. Pero un minuto después, estremeciéndose, palideció intensamente herido por el terror, y gritó con voz terrible:
"¡En verdad, ésta es la vida misma!" Se volvió bruscamente para mirar a su bien amada:
¡Estaba muerta!"
Cuento n°3
El ser bajo la luz de la luna
Un cuento de H. P. Lovecraft

Morgan no es hombre de letras; de hecho, su inglés carece del más mínimo grado de coherencia. Por eso me tienen maravillado las palabras que escribió, aunque otros se han reído.
Estaba sólo la noche en que ocurrió. De repente lo acometieron unos deseos incontenibles de escribir, y tomando la pluma redactó lo siguiente:
«Me llamo Howard Phillips. Vivo en la Calle College, 66, Providence, Rhode Island. El 24 de noviembre de 1927 -no sé siquiera en qué año estamos- me quedé dormido y tuve un sueño; y desde entonces me ha sido imposible despertar.
»Mi sueño empezó en un paraje húmedo, pantanoso y cubierto de cañas, bajo un cielo gris y otoñal, con un abrupto acantilado de roca cubierta de líquenes, al norte. Impulsado por una vaga curiosidad, subí por una grieta o hendidura de dicho precipicio, observando entonces que a uno y otro lado de las paredes se abrían las negras bocas de numerosas madrigueras que se adentraban en las profundidades de la meseta rocosa.
»En varios lugares, el paso estaba techado por el estrechamiento de la parte superior de la angosta fisura; en dichos lugares, la oscuridad era extraordinaria, y no se distinguían las madrigueras que pudiese haber allí. En uno de esos tramos oscuros me asaltó un miedo tremendo, como si una emanación incorpórea y sutil de los abismos tomara posesión de mi espíritu; pero la negrura era demasiado densa para descubrir la fuente de mi alarma.
»Por último, salí a una meseta cubierta de roca musgosa y escasa tierra, iluminada por una débil luna que había reemplazado al agonizante orbe del día. Miré a mi alrededor y no vi a ningún ser viviente; sin embargo, percibí una agitación extraña muy por debajo de mí, entre los juncos susurrantes de la ciénaga pestilente que hacía poco había abandonado.
»Después de caminar un trecho, me topé con unas vías herrumbrosas de tranvía, y con postes carcomidos que aún sostenían el cable fláccido y combado del trole. Siguiendo por estas vías, llegué en seguida a un coche amarillo que ostentaba el número 1852, con fuelle de acoplamiento, del tipo de doble vagón, en boga entre 1900 y 1910. Estaba vacío, aunque evidentemente a punto de arrancar; tenía el trole pegado al cable y el freno de aire resoplaba de cuando en cuando bajo el piso del vagón. Me subí a él, y miré en vano a mi alrededor tratando de descubrir un interruptor de la luz…, entonces noté la ausencia de la palanca de mando, lo que indicaba que no estaba el conductor. Me senté en uno de los asientos transversales. A continuación oí crujir la yerba escasa por el lado de la izquierda, y vi las siluetas oscuras de dos hombres que se recortaban a la luz de la luna. Llevaban las gorras reglamentarias de la compañía, y comprendí que eran el cobrador y el conductor. Entonces, uno de ellos olfateó el aire aspirando con fuerza, y levantó el rostro para aullar a la luna. El otro se echó a cuatro patas dispuesto a correr hacia el coche.
»Me levanté de un salto, salí frenéticamente del coche y corrí leguas y leguas por la meseta, hasta que el cansancio me obligó a detenerme… Huí, no porque el cobrador se echara a cuatro patas, sino porque el rostro del conductor era un mero cono blanco que se estrechaba formando un tentáculo rojo como la sangre.
……………………………………………………………………………………………………………………………..
»Me di cuenta de que había sido sólo un sueño; sin embargo, no por ello me resultó agradable.
»Desde esa noche espantosa lo único que pido es despertar…, ¡pero aún no ha podido ser!
»¡Al contrario, he descubierto que soy un habitante de este terrible mundo onírico! Aquella primera noche dejó paso al amanecer, y vagué sin rumbo por las solitarias tierras pantanosas. Cuando llegó la noche aún seguía vagando, esperando despertar. Pero de repente aparté la maleza y vi ante mí el viejo tranvía… ¡A su lado había un ser de rostro cónico que alzaba la cabeza y aullaba extrañamente a la luz de la luna!
»Todos los días sucede lo mismo. La noche me coge como siempre en ese lugar de horror. He intentado no moverme cuando sale la luna, pero debo caminar en mis sueños, porque despierto con el ser aterrador aullando ante mí a la pálida luna; entonces doy media vuelta, y echo a correr desenfrenadamente.
»¡Dios mío! ¿Cuándo despertaré?»
Eso es lo que Morgan escribió. Quisiera ir al 66 de la Calle College de Providence; pero tengo miedo de lo que pueda encontrar allí.


Cuento n° 4
El muerto
Jorge Luis Borges

Que un hombre del suburbio de Buenos Aires, que un triste compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje, se interne en los desiertos ecuestres de la frontera del Brasil y llegue a capitán de contrabandistas, parece de antemano imposible. A quienes lo entienden así, quiero contarles el destino de Benjamin Otálora, de quien acaso no perdura un recuerdo en el barrio de Balvanera y que murió en su ley, de un balazo, en los confines de Río Grande do Sul. Ignoro los detalles de su aventura; cuando me sean revelados, he de rectificar y ampliar estas páginas. Por ahora, este resumen puede ser útil.
Benjamín Otálora cuenta, hacia 1891, diecinueve años. Es un mocetón de frente mezquina, de sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca; una puñalada feliz le ha revelado que es un hombre valiente; no lo inquieta la muerte de su contrario, tampoco la inmediata necesidad de huir de la República. El caudillo de la parroquia le da una carta para un tal Azevedo Bandeira, del Uruguay. Otálora se embarca, la travesía es tormentosa y crujiente; al otro día, vaga por las calles de Montevideo, con inconfesada y tal vez ignorada tristeza. No da con Azevedo Bandeira; hacia la medianoche, en un almacén del Paso del Molino, asiste a un altercado entre unos troperos. Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de qué lado está la razón, pero lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la baraja o la música. Para, en el entrevero, una puñalada baja que un peón le tira a un hombre de galera oscura y de poncho. Éste, después, resulta ser Azevedo Bandeira. (Otálora, al saberlo, rompe la carta, porque prefiere debérselo todo a sí mismo.) Azevedo Bandeira da, aunque fornido, la injustificable impresión de ser contrahecho; en su rostro, siempre demasiado cercano, están el judío, el negro y el indio; en su empaque, el mono y el tigre; la cicatriz que le atraviesa la cara es un adorno más, como el negro bigote cerdoso.
Proyección o error del alcohol, el altercado cesa con la misma rapidez con que se produjo. Otálora bebe con los troperos y luego los acompaña a una farra y luego a un caserón en la Ciudad Vieja, ya con el sol bien alto. En el último patio, que es de tierra, los hombres tienden su recado para dormir. Oscuramente, Otálora compara esa noche con la anterior; ahora ya pisa tierra firme, entre amigos. Lo inquieta algún remordimiento, eso sí, de no extrañar a Buenos Aires. Duerme hasta la oración, cuando lo despierta el paisano que agredió, borracho, a Bandeira. (Otálora recuerda que ese hombre ha compartido con los otros la noche de tumulto y de júbilo y que Bandeira lo sentó a su derecha y lo obligó a seguir bebiendo.) El hombre le dice que el patrón lo manda buscar. En una suerte de escritorio que da al zaguán (Otálora nunca ha visto un zaguán con puertas laterales) está esperándolo Azevedo Bandeira, con una clara y desdeñosa mujer de pelo colorado. Bandeira lo pondera, le ofrece una copa de caña, le repite que le está pareciendo un hombre animoso, le propone ir al Norte con los demás a traer una tropa. Otálora acepta; hacia la madrugada están en camino, rumbo a Tacuarembó.
Empieza entonces para Otálora una vida distinta, una vida de vastos amaneceres y de jornadas que tienen el olor del caballo. Esa vida es nueva para él, y a veces atroz, pero ya está en su sangre, porque lo mismo que los hombres de otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros (también el hombre que entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura inagotable que resuena bajo los cascos. Otálora se ha criado en los barrios del carrero y del cuarteador; antes de un año se hace gaucho. Aprende a jinetear, a entropillar la hacienda, a carnear, a manejar el lazo que sujeta y las boleadoras que tumban, a resistir el sueño, las tormentas, las heladas y el sol, a arrear con el silbido y el grito. Sólo una vez, durante ese tiempo de aprendizaje, ve a Azevedo Bandeira, pero lo tiene muy presente, porque ser hombre de Bandeira es ser considerado y temido, y porque, ante cualquier hombrada, los gauchos dicen que Bandeira lo hace mejor. Alguien opina que Bandeira nació del otro lado del Cuareim, en Rio Grande do Sul; eso, que debería rebajarlo, oscuramente lo enriquece de selvas populosas, de ciénagas, de inextricable y casi infinitas distancias. Gradualmente, Otálora entiende que los negocios de Bandeira son múltiples y que el principal es el contrabando. Ser tropero es ser un sirviente; Otálora se propone ascender a contrabandista. Dos de los compañeros, una noche, cruzarán la frontera para volver con unas partidas de caña; Otálora provoca a uno de ellos, lo hiere y toma su lugar. Lo mueve la ambición y también una oscura fidelidad. Que el hombre (piensa) acabe por entender que yo valgo más que todos sus orientales juntos.
Otro año pasa antes que Otálora regrese a Montevideo. Recorren las orillas, la ciudad (que a Otálora le parece muy grande); llegan a casa del patrón; los hombres tienden los recados en el último patio. Pasan los días y Otálora no ha visto a Bandeira. Dicen, con temor, que está enfermo; un moreno suele subir a su dormitorio con la caldera y con el mate. Una tarde, le encomiendan a Otálora esa tarea. Éste se siente vagamente humillado, pero satisfecho también.
El dormitorio es desmantelado y oscuro. Hay un balcón que mira al poniente, hay una larga mesa con un resplandeciente desorden de taleros, de arreadores, de cintos, de armas de fuego y de armas blancas, hay un remoto espejo que tiene la luna empañada. Bandeira yace boca arriba; sueña y se queja; una vehemencia de sol último lo define. El vasto lecho blanco parece disminuirlo y oscurecerlo; Otálora nota las canas, la fatiga, la flojedad, las grietas de los años. Lo subleva que los esté mandando ese viejo. Piensa que un golpe bastaría para dar cuenta de él. En eso, ve en el espejo que alguien ha entrado. Es la mujer de pelo rojo; está a medio vestir y descalza y lo observa con fría curiosidad. Bandeira se incorpora; mientras habla de cosas de la campaña y despacha mate tras mate, sus dedos juegan con las trenzas de la mujer. Al fin, le da licencia a Otálora para irse.
Días después, les llega la orden de ir al Norte. Arriban a una estancia perdida, que está como en cualquier lugar de la interminable llanura. Ni árboles ni un arroyo la alegran, el primer sol y el último la golpean. Hay corrales de piedra para la hacienda, que es guampuda y menesterosa. El Suspiro se llama ese pobre establecimiento.
Otálora oye en rueda de peones que Bandeira no tardará en llegar de Montevideo. Pregunta por qué; alguien aclara que hay un forastero agauchado que está queriendo mandar demasiado. Otálora comprende que es una broma, pero le halaga que esa broma ya sea posible. Averigua, después, que Bandeira se ha enemistado con uno de los jefes políticos y que éste le ha retirado su apoyo. Le gusta esa noticia.
Llegan cajones de armas largas; llegan una jarra y una palangana de plata para el aposento de la mujer; llegan cortinas de intrincado damasco; llega de las cuchillas, una mañana, un jinete sombrío, de barba cerrada y de poncho. Se llama Ulpiano Suárez y es el capanga o guardaespaldas de Azevedo Bandeira. Habla muy poco y de una manera abrasilerada. Otálora no sabe si atribuir su reserva a hostilidad, a desdén o a mera barbarie. Sabe, eso sí, que para el plan que está maquinando tiene que ganar su amistad.
Entra después en el destino de Benjamín Otálora un colorado cabos negros que trae del sur Azevedo Bandeira y que luce apero chapeado y carona con bordes de piel de tigre. Ese caballo liberal es un símbolo de la autoridad del patrón y por eso lo codicia el muchacho, que llega también a desear, con deseo rencoroso, a la mujer de pelo resplandeciente. La mujer, el apero y el colorado son atributos o adjetivos de un hombre que él aspira a destruir.
Aquí la historia se complica y se ahonda. Azevedo Bandeira es diestro en el arte de la intimidación progresiva, en la satánica maniobra de humillar al interlocutor gradualmente, combinando veras y burlas; Otálora resuelve aplicar ese método ambiguo a la dura tarea que se propone. Resuelve suplantar, lentamente, a Azevedo Bandeira. Logra, en jornadas de peligro común, la amistad de Suárez. Le confía su plan; Suárez le promete su ayuda. Muchas cosas van aconteciendo después, de las que sé unas pocas. Otálora no obedece a Bandeira; da en olvidar, en corregir, en invertir sus órdenes. El universo parece conspirar con él y apresura los hechos. Un mediodía, ocurre en campos de Tacuarembó un tiroteo con gente riograndense; Otálora usurpa el lugar de Bandeira y manda a los orientales. Le atraviesa el hombro una bala, pero esa tarde Otálora regresa al Suspiro en el colorado del jefe y esa tarde unas gotas de su sangre manchan la piel de tigre y esa noche duerme con la mujer de pelo reluciente. Otras versiones cambian el orden de estos hechos y niegan que hayan ocurrido en un solo día.
Bandeira, sin embargo, siempre es nominalmente el jefe. Da órdenes que no se ejecutan; Benjamín Otálora no lo toca, por una mezcla de rutina y de lástima.
La última escena de la historia corresponde a la agitación de la última noche de 1894. Esa noche, los hombres del Suspiro comen cordero recién carneado y beben un alcohol pendenciero. Alguien infinitamente rasguea una trabajosa milonga. En la cabecera de la mesa, Otálora, borracho, erige exultación sobre exultación, júbilo sobre júbilo; esa torre de vértigo es un símbolo de su irresistible destino. Bandeira, taciturno entre los que gritan, deja que fluya clamorosa la noche. Cuando las doce campanadas resuenan, se levanta como quien recuerda una obligación. Se levanta y golpea con suavidad a la puerta de la mujer. Ésta le abre en seguida, como si esperara el llamado. Sale a medio vestir y descalza. Con una voz que se afemina y se arrastra, el jefe le ordena:

-Ya que vos y el porteño se quieren tanto, ahora mismo le vas a dar un beso a vista de todos.
Agrega una circunstancia brutal. La mujer quiere resistir, pero dos hombres la han tomado del brazo y la echan sobre Otálora. Arrasada en lágrimas, le besa la cara y el pecho. Ulpiano Suárez ha empuñado el revólver. Otálora comprende, antes de morir, que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando y el triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto.
Suárez, casi con desdén, hace fuego.







Análisis de los cuentos

Edgar Allan Poe: El retrato oval
es el genio indiscutible del relato de misterio y terror, pues en sus
cuentos aún la belleza más excelsa contiene un oscuro pasado. Estas carácterísticas están presentes en ‘El retrato oval’, cuento sobre el hallazgo en un castillo medieval del retrato de una mujer joven en un marco dorado y ovalado, que la había captado en el esplendor de su belleza por su esposo, un afamado pintor. El narrador y su criado pasan la noche en el castillo, en un cuarto que contenía una galería de cuadros y su historia en libro.
El pintor amaba mucho a su esposa, mientras esta odiaba el hecho de que el arte le quitara tanto tiempo de su marido. Cuando la pinta por varios días, mientras el artista plasma en el lienzo la vitalidad de la joven, esta se va marchitando y enfermando hasta morir. La imagen final es la oposición de la mujer retratada en plenitud de la vida en el retrato terminado y la modelo muerta en la habitación donde fue pintada. Un adelanto del cautivante horror del cuadro es el hecho que el narrador se admira y angustia al contemplarlo por una larga hora.
La vida y la muerte son traspasadas del cuerpo de la joven a la imagen del lienzo, esta bella mujer se desgasta porque sufría por la obsesión de su marido por pintar, incluso durante la ejecución de la obra pocas veces la mira. Este tema fue retomado por Oscar Wilde en su novela ‘El retrato de Dorian Gray’, solo que invirtiendo al inicio la decadencia en el cuadro y la lozanía en el modelo por un embrujo, que al final de ese relato nos da la imagen de vida y la salud en el cuadro mientras el modelo recibe la muerte y la descomposición, en este caso como sanción ética.
En el cuento de Poe, la joven no amerita sanción de ninguna clase, pues es víctima de la enajenación de un marido que rara vez se ocupaba de ella. Ella accede a ser pintada por ser sumisa y porque de verdad amaba a su marido, el encierro con él para la pintura del retrato es lo que la debilita y la enferma. La imagen final es la oposición de Eros y Tánatos separados por los espacios del retrato como mímesis de la naturaleza y la mujer muerta por la fatalidad.
Conclusión
El desenlace fatal se entiende por el infortunio de la joven de carecer de la atención del marido, su desgaste corresponde a su virtud, ella lo ama a pesar que la hace sufrir y posar para él es su último sacrificio para demostrarle la pureza de su amor al retratar el esplendor de su belleza.

El ser bajo la luz de la luna
En este magnifico relato un hombre cuenta la historia de una carta que recibió de un amigo suyo,en la carta su amigo le pide ayuda,pues narra que en una fatídica y singular noche se dispuso a dormir normalmente,pero que jamás pudo despertar.
El pobre hombre quedó atrapado en una pesadilla donde todos las veces que se disponía a dormir despertaba a orillas de una playa cerca del anochecer y que aunque caminara a cualquier dirección siempre llegaba a unas viejas vías de ferrocarríles.....,donde dos seres abominables (yo no se los podría describir en este momento) aparecen hablando en un lenguaje innentendible y el rostro de uno de esos seres es realmente horrible,entonces el tipo huye,hasta que vuelve a dormirse....,pero al despertar vuelve a aparecer en el mismo lugar...en la playa.
El amigo que recibe la carta no sabe que hacer y le da miedo ir a la casa de quién se la ha enviado,pues cree que su mente no soporte el shock de lo que pueda encontrar ahí.
Es un relato escalofriante de principio a fín,con el sello de Lovecraft,paisajes raros,criaturas indescriptiblemente horribles y la latente locura que rodea los protagonistas de sus historias.



Sobre la narrativa de J. L. Borges “El muerto”
Guillermo Tedio
Gente que se mueve fuera de la ley es la que conforma el grupo que dirige Azevedo Bandeira (bandera, jefe), en el cuento "El muerto"1, de Jorge Luis Borges. Se trata de una cuadrilla de cuatreros y contrabandistas que operan en los desiertos ecuestres ubicados en las fronteras de Uruguay y Brasil. Las actividades, en la banda, se mueven seguramente en la peligrosa rutina del malevaje hasta cuando hace su aparición el fatuo compadrito Benjamín Otálora, quien pronto "entiende que los negocios de Bandeira son múltiples y que el principal es el contrabando". Los hombres son orientales (uruguayos) dirigidos por ese brasileño que se presenta —y en efecto lo es— como un hombre poderoso, temido y cruel, obedecido por todos: "ante cualquier hombrada, los gauchos dicen que Bandeira lo hace mejor". El ejercicio de ese poder lleva al brasileño a jugar, a divertirse con algún sujeto despistado y con ínfulas, sobre todo si es argentino, que llegue al seno de la banda, como ocurre con Benjamín Otálora, quien ya en el solo nombre bíblico, expresa, en un típico guiño borgesiano, su categoría de menor, inexperto e ingenuo frente a la sabiduría malévola de Bandeira y su tribu. 
Otálora, mocetón de diecinueve años, es la encarnación del compadrito2 envanecido, arribista, violento e interesado en el ascenso dentro del ámbito fuera de ley en que se mueve: "una puñalada feliz le ha revelado que es un hombre valiente; no lo inquieta la muerte de su contrario, tampoco la inmediata necesidad de huir de la república". Llegado a su destino, se impone la meta de reemplazar a Bandeira en la dirección de la banda: "Otálora nota las canas, la fatiga, la flojedad, las grietas de los años. Lo subleva que los esté mandando ese viejo. Piensa que un golpe bastaría para dar cuenta de él".
Los símbolos del poder de Bandeira tienen toda la categoría de un tinglado de dios pagano o rey antiguo: la mujer de pelo rojizo, el caballo, los aperos, las armas y un decorado chillón en medio del desierto. En el caso de la rubia, solo Bandeira puede darse el lujo de tener esa mujer que atestigua en su cabello rojizo un cruce de sangre extranjera, como en los hermanos Nilsen del cuento "La intrusa"3. Otálora es vasco; Bandeira, mezcla de judío, negro e indio. Esa "clara y desdeñosa mujer" es apenas un símbolo del poder imperial de Bandeira, ella no tiene ninguna participación activa en el ejercicio de la autoridad sobre la banda, es simplemente una cosa, una pieza decorativa del poder real, un objeto de posesión que no puede ser discutido a su dueño. Es otra de las mujeres-objeto descritas por Borges, como la Juliana Burgos de "La intrusa". En Borges, la única mujer que logra redimir en parte su condición o su destino de cosa es Emma Zunz, en el cuento homónimo4, al valerse del subterfugio degradante de hacerse violar por un marino desconocido para usar esta humillación como una coartada de acusación contra Aarón Loewenthal, quien ha perseguido y producido indirectamente la muerte de su padre.
En cuanto al caballo de Bandeira, es también el mejor: "un colorado cabos negros que trae del sur" y cuyo color lo vincula a la mujer, al acentuar en ella, por duplicación, su carácter de objeto de posesión. "Ese caballo liberal es un símbolo de la autoridad del patrón". Son muy comunes en la narrativa de Borges esas relaciones de vasos comunicantes que se establecen entre distintos elementos a través de cualidades o características comunes, como ocurre con el color del apero y uno de los rasgos de la personalidad de Bandeira. Se trata de un "apero chapeado y carona con bordes de piel de tigre". El color de la carona se liga al hecho de que en el empaque de Bandeira estén "el mono y el tigre", mezcla extrañamente peligrosa a la que debe enfrentarse Otálora pues el brasileño despliega un juego cruel, combinación de monería y sangre, retozo de farsa y muerte, de payasada y zarpazo. Es esa la estrategia de Bandeira con sus enemigos o, mejor, con aquellos que ha escogido para divertirse. El mono y el tigre que lo habitan lo llevan a tender una trampa-farsa, una especie de armonía preestablecida, a lo Leinibz, en que todos los miembros de la facción de contrabandistas saben y ejecutan su rol de actores, como en los festpiele suizos, al estilo del drama que monta Alexander Nolan en el cuento "Tema del traidor y del héroe"5. La farsa de Bandeira dura tres años, el espacio es la frontera entre Brasil y Uruguay y los actores –también espectadores— son el brasileño y sus contrabandistas. En detalle, algunos lugares por los que se mueve Bandeira son descritos como escenarios teatrales, uno de ellos con puertas laterales por donde los actores hacen mutis: "En una suerte de escritorio que da al zaguán (Otálora nunca ha visto un zaguán con puertas laterales) está esperándolo Azevedo Bandeira".
Más adelante, se dice: "El dormitorio es desmantelado y oscuro. Hay un balcón que mira al poniente, hay una larga mesa con un resplandeciente desorden de taleros, de arreadores, de cintos, de armas de fuego y de armas blancas, hay un remoto espejo que tiene la luna empañada". Como se ve, el carácter farsesco que tiene la descripción del dormitorio es deconstruido por la presencia de las armas y el balcón que mira hacia el poniente, punto cardinal sinónimo de muerte, y por la luna del espejo anunciadora de imagen virtual, artificial y falsa, y al mismo tiempo de muerte, por estar empañada. En medio de esa escenografía, Bandeira, el director escénico y principal actor, finge ser un hombre acabado: "Bandeira yace boca arriba; sueña y se queja; una vehemencia de sol último lo define. El vasto lecho blanco parece disminuírlo y oscurecerlo". A través del juego estilístico del contraste, próximo al oxímoron, muestra Borges una dialéctica de máscara y realidad, de ser y parecer, como en "resplandeciente desorden", "vehemencia de sol último", "vasto lecho blanco" que empequeñece y oscurece a Bandeira.
A la hacienda "guampuda y menesterosa" llamada El Suspiro (sitio del último aliento de Benjamín Otálora), arriba igualmente toda una utilería que sigue jugando a la muerte y a la ocultación teatral: "Llegan cajones de armas largas; llegan una jarra y una palangana de plata para el aposento de la mujer, llegan cortinas de intrincado damasco". Y no se niega que se trata de una representación cuando el narrador anota: "La última escena de la historia corresponde a la agitación de la última noche de 1894". Por su parte, Bandeira "es diestro en el arte de la intimidación progresiva, en la satánica maniobra de humillar al interlocutor gradualmente, combinando veras y burlas" como el tigre y el mono.
Y Otálora, infatuado por la ambición y movido por una "oscura fidelidad" —seguramente a la vanidad porteña—, no se da cuenta de la farsa. La representación comienza en el mismo momento en que Otálora se topa con la banda. Alguien quiere agredir a Bandeira y el compadrito detiene la puñalada: "El altercado cesa con la misma rapidez con que se produjo". Otálora no percibe o no quiere verlo —porque el vértigo lo ciega— que el agresor es un hombre de Bandeira que incluso ha parrandeado con ellos toda la noche y es el mismo sujeto que lo despierta por la madrugada para darle una razón del jefe. El compadrito "Duerme hasta la oración, cuando lo despierta el paisano que agredió, borracho, a Bandeira. (Otálora recuerda que ese hombre ha compartido con los otros la noche de tumulto y de júbilo y que Bandeira lo sentó a su derecha y lo obligó a seguir bebiendo)".
Bandeira va dejando hacer a Otálora, quien sabe que para lograr su meta, tiene que ganarse a Ulpiano Suárez, el capanga o guardaespaldas del brasileño. Así lo hace —eso cree él—. Saca esa certeza de haber corrido con Suárez infinidad de peligros en los tres años que le toma llegar a cabecilla de la banda. Bandeira le ha ido dando confianza a su víctima, a través de un proceso de iniciación en que Otálora fue criado, tropero y finalmente contrabandista: "Pasan los días y Otálora no ha visto a Bandeira. Dicen, con temor, que está enfermo; un moreno suele subir a su dormitorio con la caldera y con el mate. Una tarde, le encomiendan a Otálora esa tarea. Este se siente vagamente humillado, pero satisfecho también".
Bandeira no se desespera con su enemigo porque en realidad se trata de un juego, de una diversión cruel, y entre más dure el espectáculo, mejor, así que pasan aproximadamente tres años (1891-1894) antes de que Otálora muera "en su ley, de un balazo, en los confines de Río Grande do Sul", como se dice en el primer párrafo del relato pues a Borges no le preocupa que el lector se entere del final con anticipación: lo que lo guía es contar los intermedios o las catálisis de esa acción trágica final o quizás tragi-cómica.
Otálora ejecuta su aprendizaje de tropero: "antes de un año se hace gaucho. Aprende a jinetear, a entropillar la hacienda, a carnear, a manejar el lazo que sujeta y las boleadoras que tumban, a resistir el sueño, las tormentas, las heladas y el sol, a arrear con el silbido y el grito". Pero comprende que "Ser tropero es ser un sirviente" y "se propone ascender a contrabandista". Mientras tanto, Bandeira, en su talante de rey, de dios oculto, no se deja ver: "Solo una vez, durante ese tiempo de aprendizaje, ve a Azevedo Bandeira".
Finalmente, un mediodía, después de un tiroteo con gente riograndense, "Otálora usurpa el lugar de Bandeira y manda a los orientales. Le atraviesa el hombro una bala, pero esa tarde Otálora regresa al Suspiro en el colorado del jefe y esa tarde unas gotas de su sangre manchan la piel de tigre y esa noche duerme con la mujer de pelo reluciente". El uso de la conjunción y la insistencia en los sintagmas temporales "esa tarde" y "esa noche", aceleran el desenvolvimiento de las secuencias en que Otálora obtiene los símbolos del poder: el caballo, la montura de tigre y la mujer de pelo colorado.
Si analizamos la farsa y trampa que Bandeira tiende a Otálora, observamos que "El muerto" es un cuento en que se desarrolla lo que Bajtin denomina la indesentronización bufa, carnavalesca por lo falsa, dado que ni Otálora ha llegado a jefe de la banda de contrabandistas ni Bandeira, en ningún momento, ha perdido su poder y autoridad. El final de la mascarada se da cuando Bandeira, a las doce en punto de la noche, ordena a la mujer que bese a Otálora, en un herejético acto simbólico de entrega –como Judas con Cristo—, y Ulpiano Suárez, "casi con desdén, hace fuego". Es interesante observar que el ascenso y la caída de Benjamín Otálora (su indestronamiento) se den en la celebración del fin de año y comienzo de uno nuevo: muerte y nacimiento. Muere Otálora mientras Bandeira renace, al exorcizar la muerte con la caída de otro. 
En ese momento de vértigo, antes de morir, Otálora percibe que ha sido un juguete en las garras de Bandeira, que siempre fue un ratón en manos del felino: "Otálora comprende, antes de morir, que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando, y el triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto".
Este ritual del rey de burlas ha sido documentado por Bajtin en una tradición carnavalesca que se remonta a los pueblos orientales y pasa luego por la cultura grecolatina. Toda esa tradición llega hasta América Latina a través de España y de las inmigraciones europeas. Dentro de las acciones carnavalescas, Bajtin señala "la coronación burlesca y el subsiguiente destronamiento del rey del carnaval", en que en una fiesta de tontos, "se solía elegir, en lugar del rey, a un sacerdote, obispo o papa bufonesco, según el rango de la iglesia"6. En otras civilizaciones, se coronaba rey, por un día, a un forastero y luego se le daba muerte al atardecer por haber estado en contacto, sin tener derecho a ello, con los símbolos reales o sagrados del poder. Bajtin anota:
El que se corona es un antípoda del rey verdadero: esclavo o bufón, con lo cual se inaugura y se consagra el mundo al revés del carnaval. En el rito de coronación, todos los momentos de la ceremonia, todos los símbolos del poder que se entregan al coronado y su vestimenta se vuelven ambivalentes, adquieren un matiz de alegre relatividad, de accesoria ritual, su significado simbólico se ubica a dos niveles (como símbolos reales del poder, es decir, en el mundo normal, están en un solo plano, son absolutos, pesados y de carácter monolíticamente serio). Desde el principio, en la coronación se presiente el destronamiento. Así son todos los símbolos carnavalescos: siempre incluyen la perspectiva de la negación (muerte) o su contrario. El nacimiento está preñado de muerte, la muerte, de un nuevo nacimiento7. 
La ceremonia del rito de destronamiento se contrapone al rito de coronación; al destronado se le quita sus ropajes, se le arranca la corona y otros símbolos del poder, se burla de él y se le golpea8. 
El in-destronamiento, sobre todo si es bufo, como en el caso de Benjamín Otálora, es una acción doble que comporta las características carnavalescas esenciales del contacto libre y familiar, las excentricidades, las disparidades y amalgamas de contrarios y las profanaciones o irreverencias. 
En efecto, sobre la frontera entre Uruguay y Brasil se ligan uruguayos (orientales), brasileños (Bandeira y Suárez) y un compadrito porteño, siendo normalmente, gentes que se rechazan por motivaciones políticas o regionales. Recuérdense, por ejemplo, el levantamiento antibrasileño de los Treinta y tres orientales (1825) y seguidamente la guerra argentino-brasileña por la posesión de la banda oriental (1825-1828). 
Las excentricidades de Bandeira son de todo tipo: el caballo y la mujer colorados, los aperos de piel de tigre, llamativos; el nombre de la hacienda (El Suspiro); las cortinas de damasco, los espejos y la vajilla de plata en pleno desierto, su diversión cruel con el compadrito al hacerle creer que ha llegado a ser jefe de la banda de contrabandistas, el montaje de la cruel mascarada de rey de burlas, el zaguán con puertas laterales (teatro, escenario), toda la utilería de espejos y lujos, y entre esos objetos, las armas atestiguando la amenaza de la muerte. 
Ocupan un lugar más destacado las amalgamas de contrarios que se dan en el juego de Bandeira al hacerlo sobre veras y burlas, con su empaque de mono y de tigre, además de la presencia, en su estampa, del judío, el negro y el indio, aludiendo quizás a los estereotipos proverbiales de la tacañería, el desgano y la malicia publicitados sobre estas razas. Igualmente, Bandeira, aunque fornido, da la impresión de ser contrahecho, además de tener la cara cruzada por una cicatriz y llevar un negro bigote cerdoso, figura que al lado de la mujer rubia, integraría una imagen carnavalesca de "la bella y la bestia".
En cuanto a las irreverencias, estas se presentan cuando Bandeira obliga a la mujer a que dé un beso a Otálora, parodiando, como ya señalamos, el pasaje de la entrega de Jesús por Judas. En realidad, pienso que Borges construye muchas de sus historias como si fueran parodias del viacrucis o, si se prefiere, del evangelio, secuela quizás de su posición agnóstica e irreverente frente a las religiones y dogmas. Estas herejías sembradas en la creación literaria toman la forma de parodias pues la imitación del evangelio se hace sobre personajes que no son modelos de cristiandad sino delincuentes o gente fuera de la ley, aunque, desde el punto de vista de la ley civil y penal romana, Jesús era un delincuente y por eso se le aplica el máximo castigo, la crucifixión, que se daba a los malhechores.
Otálora se relaciona con Jesús en la medida en que está predestinado a morir a manos de Bandeira y su gente, en el beso de la mujer y, sobre todo, en el hecho de servir de rey de burlas, como fue el caso de Jesús frente a los judíos, quienes lo coronan burlonamente como su rey.
Ya en otros cuentos como "La intrusa", "El hombre de la esquina rosada"9, "Tres versiones de Judas"10, "Emma Zunz", para solo citar cuatro casos, el heresiarca Borges ha mostrado parodias del evangelio. Recuérdese que el personaje Nils Runeberg percibió, en el clímax de su febril ascetismo, que el verdadero Cristo fue Judas, quien, a sabiendas de su condenación, vendió a Jesús para que este salvara a la humanidad, así que el verdadero sacrificio resultó ser el de Judas y no el de Cristo, seguro este de su lugar en la gloria. En cambio, Judas, consciente de su viaje a los infiernos, conocedor de que alguien debía realizar el trabajo sucio de la entrega de Jesús si se quería un redentor, se sacrificó por la humanidad. 
Dentro de esas características carnavalescas —racionalizadas por Bajtin, en sus análisis de la menipea y de la obra de Dostoievski—, en "El muerto", de Borges, se presentan la máscara y la risa cruel. Los personajes, protagonista y antagonista, llevan máscaras. La diferencia está en que Bandeira sabe de la careta que se ha puesto Otálora para ocultar su meta de llegar a desbancarlo en la dirección de la banda. Mientras, Otálora, enceguecido por su ambición, no se percata de las tantas veces en que le dejan ver que el derrotero de su ascenso no es más que una mascarada, como cuando "oye en rueda de peones que Bandeira no tardará en llegar de Montevideo. Pregunta por qué; alguien aclara que hay un forastero agauchado que está queriendo mandar demasiado". Sin embargo, en lugar de ver la verdad y el peligro, Otálora asume el comentario como una broma y se siente halagado de "que esa broma ya sea posible". Ciego y sordo, no percibe la tramposa telaraña que tienden a sus alas de mosca.
La risa, por supuesto, no es del lector, quien mira con conmiseración a Otálora. La risa está en Bandeira y su gente, quienes seguramente gozarán en la intimidad el montaje farsesco y adornarán con detalles barrocos la trama. Es posible que el mismo jefe político que, desde Buenos Aires, envió a Otálora a manos de Bandeira, haga parte de la abominable tramoya. Pero, como sabemos, Otálora, por típica arrogancia de compadrito, no entrega a Bandeira la carta de recomendación que le suministró el cacique político: "porque prefiere debérselo todo a sí mismo".
Bandeira, en su monstruoso poder, juega con su propia y futura muerte, tal vez sin saberlo conscientemente. Por allí ronda la idea de que en el fondo de la mascarada, hay un espejo que refleja la venidera muerte de Bandeira, su destronamiento y caída. Así que Otálora resulta ser un doble paródico del brasileño y como tal debe reflejarlo en la muerte. Al mostrarse débil y enfermo, en su juego, Bandeira adelanta su agonía y su propia muerte. Simbólicamente puede ser una forma de alejarla pues al hacer que el cabecilla de la banda muera (en este caso, Otálora), el verdadero jefe seguirá vivo. Sin embargo, no se olvide, dentro del pensamiento mágico homeopático y cotagioso, que tal hecho puede expresar también una forma de atraer la muerte, dado que, como anota Frazer11, dos cosas parecidas o que hayan estado en contacto, aunque se encuentren alejadas o separadas en el tiempo y el espacio, siguen influyéndose mutuamente. Por un lado, Otálora se parece a Bandeira porque ha llegado a jefe de la banda de contrabandistas y, por otro, el compadrito ha estado en contacto con objetos y pertenencias del brasileño: caballo, aperos, mujer rubia. Así que Bandeira está jugando inconscientemente con un rito bumerang. Alguien, venido de afuera o ya dentro de la misma banda —tal vez su propio guardaespaldas, Ulpiano Suárez—, lo mate y lo reemplace en el trono donde jugó al rey de burlas con "un triste compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje". Entonces ese alguien no actuará como rey de burlas sino como jefe auténtico que a su vez será destronado, en el eterno cumplimiento de la teoría de los ciclos o de la serpiente que se muerde la cola.




Actividades de comprensión


Primera parte

1-Biografía de los autores.

2-Argumento de los cuentos.

3-Clase de cuento, características. Transcribir del cuento ejemplos que lo llevaron a la conclusión.

4-Núcleos narrativos.

5-Punto de vista del narrador.

6-Relacionar los cuentos leídos (semejanzas).

8-Producción: seleccionar uno de los cuentos y escribir el final.




Segunda parte

Análisis de los cuentos (utilizar la bibliografía y apuntes de clase)

1-Esquina peligrosa

a) Explicar el final del cuento.

2-El retrato oval

a) ¿Por qué muere la mujer del pintor?

B)¿Por qué accede a ser pintada?

C)¿Qué siente el pintor por ella?

D)¿Qué escena causa horror en el lector?

E)¿Por qué es un cuento fantástico?

D)¿Qué características del relato Gótico podemos extraer del cuento?

3-El ser bajo la luna

a) ¿Qué características del relato gótico podemos extraer del cuento?

4-El muerto

a) Relacionar el cuento con el texto bíblico

c) Enumerar y explicar los símbolos que aparecen en el cuento

d) Relacionar el cuento con el título

e) ¿Qué comprende Otálora antes de morir? ¿Por qué?

f) ¿Qué significado histórico tienen las nacionalidades de los protagonistas?

g) Enumerar y describir las características carnavalescas del cuento.